22 diciembre 2012

Guillermo Aguirre y Fierro - El brindis del bohemio

En torno de una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían
seis alegres bohemios.

Los ecos de sus risas escapaban
y de aquel barrio quieto
iban a interrumpir el imponente
y profundo silencio.

El humo de olorosos cigarrillos
en espirales se elevaba al cielo,
simbolizando al resolverse en nada
la vida de los sueños.

Pero en todos los labios había risas,
inspiración en todos los cerebros,
y repartidas en la mesa,
copas pletóricas de ron, whisky o ajenjo.

Era curioso ver aquel conjunto,
de aquel grupo bohemio,
del que brotaba la palabra chusca,
la que vierte veneno,
lo mismo que melosa y delicada,
la música de un verso.

A cada nueva libación, las penas
hallábanse más lejos del grupo
y nueva inspiración llegaba
a todos los cerebros
con el idilio roto que venía
en alas del recuerdo.

Olvidaba decir que aquella noche,
aquel grupo bohemio
celebraba entre risas, libaciones,
chascarrillos y versos,
la agonía de un año que amarguras
dejó en todos los pechos,
y la llegada, consecuencia lógica,
del feliz año nuevo...

Una voz varonil dijo de pronto:
¡Las 12, compañeros!
Digamos el requiescat por el año
que ha pasado a formar entre los muertos.

¡Brindemos por el año que comienza!
porque nos traiga ensueños;
porque no sea su equipaje un cúmulo
de amargos desconsuelos.

Brindo, -dijo otra voz-, por la esperanza
que a la vida nos lanza,
de vencer los rigores del destino,
por la esperanza, nuestra dulce amiga
que las penas mitiga
y convierte en vergel nuestro camino.

Brindo, porque ya hubiese a mi existencia
puesto fin con violencia
esgrimiendo en mi frente mi venganza,
si en mi cielo de tul limpio y divino
no alumbrara mi sino
una estrella brillante : "Mi Esperanza".

¡Bravo!, -dijeron todos-, inspirado
esta noche has estado
y hablaste breve, bueno y sustancioso.

El turno es de Raúl; alce su copa
y brinde por... Europa,
ya que su extranjerismo es delicioso...

Bebo y brindo, -clamó el interpelado-,
brindo por mi pasado,
que fue de luz, de amor y de alegría,
en el que hubo mujeres tentadoras
y frentes soñadoras
que se juntaron a la frente mía...


Brindo por el ayer que en la amargura
que hoy cubre de negrura
mi corazón, esparce sus consuelos,
trayendo hasta mi mente las dulzuras
de goces, de ternuras,de amores
de delicias, de desvelos.


Yo brindo, -dijo Juan-, porque en mi mente
brote un torrente
de inspiración divina y seductora,
porque vibren en las cuerdas de mi lira
el verso que suspira,
que sonríe, que canta y que enamora.

Brindo porque mis versos cual saetas
lleguen hasta las grietas
formadas de metal y de granito,
del corazón de la mujer ingrata
que a desdenes me mata...
¡Pero que tiene un cuerpo muy bonito!

Porque a su corazón llegue mi canto,
porque sequen mi llanto
sus manos que me causan embelesos,
porque con creces mi pasión me pague...
¡Vamos! porque me embriague
con el divino néctar de sus besos.

Siguió la tempestad de frases vanas,
de aquellas tan humanas
que hayan en todas partes acomodo,
y en cada frase de entusiasmo ardiente,
hubo ovación creciente,
y libaciones y reír y todo.

Se brindó por la Patria, por las flores,
por los castos amores
que hacen un valladar de una ventana,
y por esas pasiones voluptuosas
que el fango del placer llena de rosas
y hacen de la mujer la cortesana.

Solo faltaba un brindis, el de Arturo,
el del bohemio puro
de noble corazón y gran cabeza;
de aquel que sin ambages
declaraba que solo ambicionaba
robarle inspiración a la tristeza.

Por todos estrechado alzó la copa
frente a la alegre tropa
desbordante de risa y de contento.
los inundó en la luz de su mirada,
sacudió su melena alborotada
y dijo así, con inspirado acento:

Brindo por la mujer, más no por esa
en la que hayáis consuelo en la tristeza
rescoldo del placer ¡Desventurados!;
no por esa que os brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiosamente perfumados.

Yo no brindo por ella, compañeros,
siento por esta vez no complaceros;
brindo por la Mujer, ¡pero por Una!
por la que me brindó sus embelesos
y me envolvió en sus besos:
por la mujer que me meció en la cuna.

Por la mujer que me enseñó de niño
lo que vale el cariño
exquisito, profundo y verdadero;
por la mujer que me arrulló en sus brazos
y que me dio en pedazos,
uno por uno, el corazón entero.

¡Por mi Madre bohemios!

Por la anciana que piensa en el mañana,
como en algo muy dulce y muy deseado;
porque sueña tal vez, que mi destino
me señala el camino
por el que volveré muy pronto a su lado.

Por la anciana adorada y bendecida,
por la que con su sangre me dio vida
y ternura y cariño;
por la que fue la luz del alma mía
y lloró de alegría
sintiendo mi cabeza en su corpiño.

¡Por ella brindo yo!
dejad que llore y en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que sufre y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.

Por la anciana infeliz que sufre y llora
y que del cielo implora,
que vuelva yo muy pronto a estar con ella;
por mi Madre, bohemios,
que es dulzura vertida en la amargura
y de mis negras noches es mi estrella...

El bohemio calló.
Ningún acento profanó el sentimiento
nacido del dolor y la ternura,
y pareció que sobre aquel ambiente
flotaba inmensamente...,

Un poema de amor y de amargura.

Antonio Guzmán Aguilera - La chacha Micaila

Mi cantón, magresita del alma,
ya pa que lo quero,
si se jué la paloma del nido,
si me falta el calor de su cuerpo,
si ya sus canarios
de tiricia se han ido muriendo,
si los capulines
ya no sueltan sus frutos del tiempo,
y las campanillas, las adormideras
si han caído, tan recio
que cualquiera que va a visitarme
pisa sobre pétalos.

Y yo que la vide, dialtiro decaída
con los ojos negros
zambutidos en unas ojeras
moradas, y aluego
los tales quejidos;
los tales mareos
que dizque eran vaídos
al decir del médico.
¡Algame la Virgen!
Ya nomás de acordarme, padezco
mucho escalofrío
y me hogo del pecho,
y se mi hacen las manos y pieses,
como los badajos de los timbres létricos.

¡Qué poco a poquito, se me jué muriendo!
Tosía y tosía
y lloraba la probe en silencio.
-No llores, Micaila,
por toitos los santos del Cielo,
decíale al verla llorando,
y al decirlo, lloraba yo mesmo.
-Si te pondrás güena,
con los revoltijos que ti ha dado el médico,
no sias disconfiada con las medicinas,
que a mi me sacaron del maldito infierno.

¡Andale!, mi Chacha,
quero ver tu rostro trigueño,
como dos tizones
achispaos, tus lindos ojuelos.
¡Ah se mi olvidaba decirte que trujo
un rebozo de bola
mi compadre Chencho,
pa´ cuando te alivies
y en el cuaco trotón, en el prieto,
he pensado pa´ entonces que vayamos
los dos riales un sábado a verlo.
¿Queres? Y el domingo le entraremos
al mole muy recio,
y a la barbacoa,
y a los asaderos,
y en cuanto que Dios escurezca,
al paso golvemos
por el llano, abajo,
asegún se sigue la falda de cerro.
¡Micaila! no llores
y le daba un beso.

Ella se sonreía,
un instante, pero
me miraba con una tristeza
como si la sombra del presentimiento
le preñara los ojos de llanto,
que después derramaba en silencio.

El día de su muerte,
su rostro cenizo, me dio mucho miedo.
-¿Pos qué tienes, Chacha?
-No sé lo que tengo,
pero sé que me voy y es pa siempre
-Correré si quieres por el siñor médico,
¿queres, trigueñita?
-¿ Ya pa que? mejor tate sosiego,
quero hablarte por ultimo Chacho,
antes de que me hoguen los remordimientos.
Asiéntate y oye; yo quise decírtelo
dende hace muchísimo tiempo
y a la mera, no, pos yo me ciscaba,
¡cómo uno es mujer! Chacho, ¡qué caray!
y el miedo dizque no anda en burro,
pero ora qué li hace, mi negro,
si ya se te muere tu Chacha
qué li hace que sepas mi horrible secreto.

Hace unos seis años, siguro ¿recuerdas
que nos envitaron a los herraderos
los siñores amos?
-¡Vaya si mi acuerdo!
¿No jué aquel domingo
que salí cornao por un toro prieto,
cerca de las trancas, en el Rancho Verde
de ñor Juan?
-El mesmo,
ya vide que tías acordado,
por ái tienes nomás qui al saberlo,
de la casa grande
por la puerta mesma me salí corriendo
y en las trancas jallé a don Antonio,
aquel hijo mayor de don Pedro,
que era entonces alcalde del pueblo.

Pregúntele al punto
por ti, por tu herida, por tu paradero,
y me dijo que en una camilla
te jalaron pa casa del médico,
y que si quería que me llevaba en ancas
en el punto mesmo;
aceté, ¡qué caray!, no era cosa
de dejarte morir como un perro.
No nos vido salir de las trancas
naiden, y llegando de un bote al potrero,
y a galope tendido trepamos
la cuesta del cerro,
y al bajar la barranca del Cristo,
tan jonda y tan negra,
don Antonio empezó con sus cosas
con sus chicoleos,
que si yo era una rosa de mayo,
que si eran mis ojos noturnos luceros.
Yo todo a esto callaba; él se puso necio
y me dijo que tú eras muy probe:
total un ranchero;
que él, en cambio, era dueño de hacienda
con muchas talegas de pesos;
que ti abandonara
que nos juéramos pa México,
o pa los Uruapas o pa los Querétaros.
Yo me puse muy gira y le dije:
qui aunque probe, me daba mi prieto
pa presumir mucho
y andar diariamente con el zagalejo
muy lentejueliao
y cada semana con rebozo nuevo.
-Por si no por amor, por la juerza,
me dijo rayando su penco;
y sin más me apretó la centura
y mi boca manchó con un beso.
Nunca lo hubiera hecho, sentí que la sangre
cegaba mis ojos, y el furor mi seno;
saqué del arzón el machete,
y por las espaldas, lo jundí en su cuello.
Cayó pa delante con un grito horrendo,
y rodó rebotando hasta el jondo
del desfiladero...
Naiden supo nada
cuando lo jallaron todito disecho,
guiados por el puro jedor del barranco,
los jueces dijieron,
quesque jué un suicidio,
por no sé qué amores y demás enredos.
Yo me estuve callada la boca
pero ahora, pos dime, ¿ya pa qué, mi prieto?

Se quedó como estática; acaso
rezaba al morir, por el muerto.
La abracé llorando,
la besé en silencio,
y poco a poquito,
se me jué muriendo...

Mi jacal está maldito...
si lo queres, madre, pos ai te lo dejo,
si te cuadra, quémalo,
si lo queres, véndelo;
yo me güelvo a las filas, mi mama,
a peliar por la patria me güelvo;
si me quebra una bala, ¡qué li hace!
al cabo en el mundo,
pa los que sufrimos la muerte en el alma,
vivir o morir es lo mesmo.
Mi cantón magresita del alma,
sin ella ¿ya pa qué lo quero…?

Salvador Díaz Mirón - Paquito

Cubierto de jiras,
al ábrego hirsutas
al par que las mechas
crecidas y rubias,
el pobre chiquillo
se postra en la tumba,
y en voz de sollozos
revienta y murmura:
«Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«¡Qué bien que me acuerdo!
La tarde de lluvia;
las velas grandotas
que olían a curas;
y tú en aquel catre
tan tiesa, tan muda,
tan fría, tan seria,
y así tan rechula!
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Buscando comida,
revuelvo basura.
Si pido limosna,
la gente me insulta,
me agarra la oreja,
me dice granuja,
y escapo con miedo
de que haya denuncia.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Los otros muchachos
se ríen, se burlan,
se meten conmigo,
y a poco me acusan
de pleito al gendarme
que viene a la bulla;
y todo, porque ando
con tiras y sucias.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Me acuesto en rincones
solito y a obscuras.
De noche, ya sabes,
los ruidos me asustan.
Los perros divisan
espantos y aúllan.
Las ratas me muerden,
las piedras me punzan...
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Papá no me quiere.
Está donde juzga
y riñe a los hombres
que tienen la culpa.
Si voy a buscarlo,
él bota la pluma,
se pone muy bravo,
me ofrece una tunda.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

Where I'm From

I am from the eternal spring, where we cook with sunlight and say "please" and "thank you". My house in the eternal spring welcomes you with a bouquet of potpourri and my mother's voice. She always seems to be shouting, but that's just because she's so full of radiant energy, like the sun. She is in the bougainvilleas outside, and in the tabachín, but my grandmother is in the lemon tree and my dad and Papay are on their way out to the patio to have a drink from the library that smells like books, an old desk, and cologne. I don't think they'll ever stop talking about Mexico. I hear their voices when I drink lemonade, or when I make quesadillas, or in the huevos tibios, rancheros, revueltos, a la mexicana. I smell potpourri again when a friend or a neighbor visits, or when I visit them and discover a large clay sun adorning their wall. Even though the movie theater is now a showroom for European cars and the old plaza is now an upscale shopping center, where I'm from can't be paved over because, you see, where I'm from is not a place, but the eternal spring that lives in bougainvilleas, quesadillas, old books, and cologne.

21 diciembre 2012

test

Dec. 21, 2012