Entré a la farmacia de la familia de la mujer que amo. Era de noche, ya estaban cerrados y todo el interior estaba iluminado por luces fluorescentes, pero todavía habían rincones obscuros, donde no penetraba la luz. Les pedí un aventón a la frontera. Ya era hora.
Pasando los puestos cerrados de comida callejera y de juguetes de plástico barato importados desde China les dije:
-- Es que en estos pueblos fronterizos no respetan la ley, ni del hombre y menos la de Dios y ya me tiene harto.
-- A todos, mijo.
Silencio.
-- La extraño demasiado, suegro.
-- Nosotros también, mijo.
En una posada mugrosa e iluminada por luces de neón, habían aparecido unos cuerpos descuartizados, no se cuantos. En esa posada, donde estaba viviendo, encontraron unos brazos y piernas en el closet. Afuera, en un bote de basura grande, había hallado unas cabezas humanas. Nunca les ví los ojos. No puedo.
Llegamos a un área donde crecían muchos pinos. Los coyotes me advirtieron que me iba costar tres semanas en cruzar el desierto a pie. No me quedó de otra.