La bacteria que colonizó mi termo se había confiado demasiado. El olor medio dulce que producían no hacía que el agua que tomaba todos los días supiera mal. Pero no había lugar para ellos y les deseaba una ausencia permanente.
En un momento decisivo, justo cuando chancleaba por el pasillo de mi cuarto, comenzó el operativo.
Comenzé con agentes químicos. Pero aquello ya lo había hecho hace tiempo sin ningún resultado favorable, entonces concentré la dosis, los cerqué y agité violentamente al termo. Lo abrí y llevé a cabo la siguiente fase en la tapa. Y los escuché, juro que los escuché gritando órdenes:
¡A los engrañes!
¡A los engrañes!
¡Mantengan sus posiciones!
¡Esto todavía no acaba!
Ahora todo está esterilizado, al parecer. Pero de vez en cuando llego a oler ese mismo aroma dulce. No sé si es mi imaginación.